conferència de José Antonio Calvo: COMO UNA GOTA DE ACEITE



Como una gota de aceite
JOSÉ ANTONIO CALVO

Conferència sobre María Zambrano
Espai Àgora – CREART
Barcelona, 19-XII-2011



(…) que yo he venido aquí como amigo vuestro; si no hubiese sido amigo vuestro, yo no habría venido, porque me da verdadero pavor. Por lo tanto, en vez de una conferencia, pues… yo me siento aquí, en este rinconcico (como un filósofo clásico, en el jardín, o en la academia), en una silla… para iniciar una conversación. Me voy a expresar en castellano porque, aunque entiendo vuestra lengua y la aprecio (la aprendí a querer con ellos, en Horta de Sant Joan, y con otros), no tengo capacidad de expresión. Entonces, bueno, pues vamos a ver… en castellano.

Se pueden decir muchísimas cosas de María Zambrano; esto es un tópico (lo que acabo de decir), pero lo que yo quiero decir en esta tarde, en este rato de conversación que hemos titulado Como una gota de aceite, lo que intento es responder a algunas preguntas. La primera pregunta es: ¿desde dónde se ejerce la creación artística? Y la respuesta que da María Zambrano es: desde la razón. Y esto ya supone una ruptura con los pensadores de su tiempo. Para María Zambrano, el artista crea desde la razón.
La segunda pregunta es: ¿desde cualquier razón? ¿desde cualquier modelo de racionalidad? María Zambrano dice: no; hay unos modelos exclusivistas de razón que desprecian el misterio, que desprecian todo aquello (no que ha sido deformado, sino) que todavía no tiene una forma precisa y que, por tanto, no es fácilmente domeñable o dominable. No, esa razón no sirve.
Entonces, ¿cuál es la razón desde la que se puede ejercer la creación artística? Ella diría que una razón sufriente, una razón que busca, pero que nunca alcanza. Diría que no es la razón del erguido, del científico que desprecia cualquier otro ámbito de racionalidad. Diría que, más bien, es una racionalidad descendente, que desciende a los infiernos; un logos descendente (habla de “logos descendente”). Éste es un contenido de la filosofía de María Zambrano que es totalmente cristiano: el logos descendente es el Verbo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que no hace alarde de su condición divina, sino que se somete y que muere; y (es curioso, claro) el logos descendente, la segunda persona de la Santísima Trinidad, la palabra… es quien crea. El creador en este mundo, el artista, también debe descender hasta los abismos de aquello que parece irracional, pero que no lo es tanto. Vamos a ver cómo.
Desde esta perspectiva, María Zambrano habla de una racionalidad, o de una razón, poética. Le decía a Josep hace un momento que el artista, como el filósofo, que se pregunta por la experiencia de la belleza, o que busca la experiencia de la belleza (quizá ‘belleza’ no está de moda; decir esta palabra tampoco está de moda, pero vamos a utilizarla porque es muy filosófica y muy artística) lanzan la flecha, pero ¿dan en la diana?  No dan en la diana nunca, porque no hay diana. En este territorio de la creación artística no hay diana. Sin embargo, viven del intento de reconciliar lo objetivo (lo que puede ser captado por todos como bello) con lo subjetivo (lo que es captado por uno mismo como bello). Y ahí, en ese intento, en esa lucha, está el mérito y está la virtud. María Zambrano, en una de sus obras más bonitas y más difíciles de leer, como es Filosofía y poesía, dice:

“Porque la gloria del poeta es sentirse vencido.”

“Poeta”: ¿cómo interpretamos esta palabra –‘poeta’? ¿Como aquella persona que versifica, que escribe versos? No; el poeta es todo aquél que crea, todo aquél que lleva (ejerce) la acción poiética. ‘Poíesis’, en griego (una palabra de honda raigambre filosófica), significa ‘crear’. Tanto crean los poetas de la palabra como los poetas de la pintura, como los poetas del tiempo… En definitiva, los poetas del tiempo somos todos los que formamos parte del género humano; todos los humanos somos poetas (por nuestra vida) de nuestra propia existencia.
Bien. Esto era una pequeña introducción, suficiente para complicar lo que voy a decir a partir de ahora.

¿Qué busca María Zambrano? Voy a ir leyendo algunas citas que he seleccionado y, en concreto, ahora cito una carta al poeta Dieste, una carta del 7-XI-1944 que ha sido publicada en el ‘Boletín galego de literatura’ en 1991 y recogida luego por Jesús Moreno Sanz en la antología El logos oscuro <!-- veure nota al final -->, sobre obras de María Zambrano. Lo que busca María Zambrano y le dice a su amigo es (cito textualmente):

“(…) algo que sea razón, pero más ancho. Algo que se deslice también por los interiores, como una gota de aceite que apacigua y suaviza. Razón poética, es lo que vengo buscando. Y ella no es como la otra [como la otra razón]: tiene, ha de tener, muchas formas; será la misma en géneros diferentes.”

Ya enlazamos: “ha de tener muchas formas”, “será la misma en géneros diferentes”. ¿Cuáles son las formas que adopta esta razón poética, esta búsqueda de sentido, este encontrar sentido? Aquí cito un inédito, el manuscrito 317 (a partir del viernes pasado se están publicando las obras completas de María Zambrano; estos inéditos aparecerán, porque son de mucha importancia). Dice así:

“Núcleo inicial –y nunca perdido, a mi parecer– es filosofía-poesía-religión. Mi obra (no tengo más remedio que llamarla así) tiene un sentido circular. Son como gajos de una naranja. No hay que mirarlo, pues, con criterios de primero, segundo y tercero. Es como un árbol, cuyo germen o raíz no se pierde aunque se ramifique.”

Aquí nos encontramos con las distintas formas de la racionalidad poética: filosofía, poesía y religión; y además, ninguna tiene prioridad sobre la otra. Aquí es donde los intérpretes (o los lectores; en definitiva, todos somos lectores) de María Zambrano empiezan a desencontrarse; aquí empieza el desencuentro. Algunas hermenéuticas, algunas interpretaciones de Zambrano, quieren poner, por encima de la filosofía y de la religión, la poesía. Pero yo pienso que esto es una traición; pienso que es una traición a María Zambrano. Hay otros textos que explicitan lo dicho en este inédito; éstos ya están publicados. En Hacia un saber sobre el alma dice:

“Religión, filosofía y poesía han de ser miradas de nuevo por una mirada unitaria en que los rencores, crecidos con la prolijidad de la ortiga, estén ausentes.”

María Zambrano reconoce la lucha tremenda que se ha dado, desde siglo XVIII hasta el siglo XX (y todavía dura), entre estas tres vías o tres canales de sentido y de racionalidad que son filosofía, poesía y religión. Unas veces ha sido la religión la que, al despojarse de racionalidad, ha querido imponerse sobre la creación artística (la poesía) e incluso sobre la filosofía; y eso es una traición misma a la religión. Otras veces ha sido la filosofía la que ha querido imponerse a la religión, despreciándola, y al arte, entendiendo por arte únicamente una determinada regla del gusto, más o menos universal: esto es bonito (nos hemos puesto de acuerdo en que esto es bonito); pues adelante, esto es el arte. Bien, la filosofía, así, despreciando a sus hermanas, se convierte en una esclavizadora de la razón humana. Lo mismo puede ocurrir con la poesía; no ha ocurrido todavía, porque la poesía (vamos a ver un poquito más adelante) es más humilde, y lo humilde, en su humildad… no, no ha tenido el coraje, ni la bravura ni la osadía de imponerse, ni a la religión ni a la filosofía. Dice también María Zambrano:

“Filosofía, poesía y religión necesitan aclararse mutuamente, recibir la luz, su luz, una de otra; reconocer sus deudas [“reconocer sus deudas”]; revelar al hombre, medio asfixiado por su discordia, su permanente y viva legitimidad, su unidad originaria.”

“Unidad originaria”: en el origen, filosofía, poesía y religión son lo mismo. Ella continúa diciendo:

“Están en crisis la esperanza y la objetividad.”

Cuando habla de esperanza, se refiere a la religión, y cuando habla de objetividad, se refiere a la filosofía. Por eso ella, en su intento de razón poética, de recobrar la unidad originaria, se pone a buscar. Y… ¿sabéis cuál es la unidad originaria? Ella dice que es…  lo sagrado. María Zambrano es poco dada a la definición (yo he encontrado pocas definiciones), pero lo sagrado lo define, aunque sea muy descriptivamente; pero esta fórmula es… muy gloriosa, ¿no?: dice que lo sagrado es

“(…) esa especie de placenta de donde cada especie de alma se alimenta y se nutre aun sin saberlo.”

Eso es lo sagrado. Para ella, el saber verdadero consiste en descubrir este fondo que inspira cualquier pensamiento y que, en último término, se trata de la dimensión vital más profunda en el ser humano. En esta definición, o descripción, están medidas cada una de las palabras. “Esa especie de placenta”, comienza diciendo; indica el carácter materno, originario y previo a cualquier experiencia consciente, que posee el ser humano; es la primera relación vivida: la del hijo con la madre, la que el nasciturus (el
que va a nacer), siendo completamente distinto a su madre, está totalmente referido a ella, de la que todo lo recibe. Es la imagen del saber, del gustar, de lo recibido como don… frente a lo conocido, lo que ha sido alcanzado, lo que ha sido conquistado. En el origen de cualquier experiencia humana está lo dado. Dos instancias complementarias:  lo dado y lo construido. María Zambrano va a intentar poner otra vez en su sitio, en un lugar primordial, lo que nos ha sido dado, lo que no hemos conquistado desde la propia subjetividad haciendo oídos sordos al diálogo con el mundo y con la realidad.
“Donde cada especie de alma”, continúa diciendo (“esa especie de placenta de donde cada especie de alma”). Por una parte, esta expresión, “donde cada especie de alma”, indica la variedad de seres que conforman la realidad, venciendo un monismo, o un reduccionismo, que destrozaría la realidad (que, por otra parte, la realidad y la diferencia es tan visible que no necesita justificación). Por otra parte, muestra la unidad de todo y, por tanto, la posibilidad de saber, de conocer, de crear… Aquello que alimenta a todo es lo que hace viable una propuesta de racionalidad (lo común), aunque Zambrano rehúya hablar del ser y de otras fórmulas clásicas o realistas como la participación. “Saber” y “alma” denotan que no es necesario negar la materia para afirmar lo espiritual, pero tampoco lo contrario: no hay que… el logos zambraniano se mueve entre lo material y lo inmaterial (¿…?) <!-- soroll -->.
Yo creo que ésta es vuestra labor como artistas, unos artistas consagrados. Aquí todos sois artistas consagrados, porque ¿quién va a decir de cualquiera de vosotros que no sois artistas consagrados? Yo, viendo lo que hacéis, y cómo lo hacéis, con esta espontaneidad… bueno, pues sí, yo creo que todos sois artistas; yo, el que menos. Bien, esto es lo que hacéis: ir combinando lo material con lo espiritual. Si os cargáis lo espiritual, ¿qué queda?; y si os cargáis lo material, ¿qué queda? ¡No queda nada!
“Donde cada especie de alma se alimenta y se nutre aun sin saberlo”. Esto es muy curioso: comprender lo sagrado como razón, como hace María Zambrano, es tan potente que sigue siendo válido aunque se niegue (ha habido muchos filósofos que han negado lo sagrado –luego hablaremos sobre esto). Bien, sobre este fondo sagrado, se va construyendo todo… “incluso los dioses”, dice ella; habla de los dioses creados (no voy a entrar en este tema, el tema de la divinidad creada y el tema de la divinidad revelada;  María Zambrano va jugando ahí sin mojarse; no termina de definirse. Luego, en otras conversaciones que tiene con sus amigos, sí que se define. Vamos a dejarlo estar).
Lo sagrado es originario y originante. En todo caso, conviene adelantar que, mientras para María Zambrano lo sagrado es un fondo oculto y sin unidad, lo divino, que son las expresiones que el hombre realiza de lo sagrado, es algo que declara la unidad rescatada, lo inteligible de lo real y también lo inteligible, lo comprensible, lo que tiene sentido, del ser humano en el contexto de su vida y sus relaciones.

¿Se puede negar lo sagrado? ¿Qué pensáis: se puede negar lo sagrado? (…)

<!-- final del primer vídeo -->

(…) “…dejan intacta nuestra relación con ellas; así, eso que se oculta en la palabra”, dice, “casi impronunciable hoy, «Dios».”

La lectura que María Zambrano hace de Nietzsche es muy interesante. Nietzsche afirma la muerte de Dios; pues para María Zambrano, Nietzsche es un hombre de una fe profunda, porque solamente se puede matar lo que se ama. Es más: aunque lo hubiese matado sin amor (¿qué es el misterio cristiano por antonomasia, la Eucaristía, sino romper el cuerpo y derramar la sangre?; eso es matar), aunque se hubiese negado, lo sagrado seguiría ahí. De hecho, para María Zambrano, la nada es lo que queda de lo sagrado. Es más: la nada, incluso, es algo más sagrado que las figuras de los dioses. Esto hay que pensarlo mucho, ¿no?, porque supone una nueva lectura de Nietzsche.


Bien, ahora me voy a meter ya en lo que directamente nos interesa, que es el proceso creador; que es lo que hacéis vosotros. María Zambrano afirma lo siguiente:

“Lo oculto es lo sagrado, y lo más manifiesto es lo divino.”

Ya os he dado unas notas sobre cómo describiría María Zambrano lo sagrado, como esa placenta de la que brota todo. No hay otra experiencia que la experiencia de lo sagrado. Pero eso sagrado es oculto. Hay manifestaciones de lo sagrado, que los hombres realizan, y eso es lo divino. Y aquí encuentro la primera ley de la creación artística.
La creación artística, la poesía, como la religión, como la filosofía, encuentran su fondo en lo sagrado y, encontrando allí ese fondo, lo expresan en lo divino (estas expresiones artísticas serían expresiones de lo divino). El artista sólo debe cumplir una ley, una ley que podríamos llamar “la ley del logos”, y que dice así: es una ley que impone que toda manifestación responda a la ocultación sin deshacerla, que toda luz respete un fondo o un círculo de tinieblas sin avasallarlas. Es un “sí, pero todavía no”.
Y yo creo que vosotros mismos, cuando decís “esto ya está hecho”, sabéis que no está hecho del todo. De hecho, si estuviese hecho del todo, estos grafismos, estas pinturas, ya no serían arte ¿Qué serían? Serían pura técnica, una técnica conseguida, y el arte es técnica, pero no sólo es técnica. El arte desborda la técnica. La técnica es necesaria, pero, sobre esa técnica, aparece el estilo, que sería lo sobrante, y eso es lo que os caracteriza a vosotros, artistas consagrados: vuestro estilo.
Aquí María Zambrano no continúa con los artistas, sino que nos da a los clérigos: inmediatamente, añade que mantener esta proporción entre lo sagrado y lo divino, entre lo oculto y lo manifiesto, es oficio de la religión misma. ¿Por qué las religiones hoy son decadentes? Porque se han cargado la ley del logos; porque no respetan la proporcionalidad de lo sagrado y lo divino; porque lo han querido explicar todo (esto me lo aplico a mí mismo). María Zambrano dice esto cuando habla de la arquitectura de los templos. Ella tiene unos capítulos buenísimos en El hombre y lo divino sobre las ruinas, las ruinas de los templos griegos, las ruinas de… Una ruina de un templo es devolver la expresión de la divinidad al fondo originario de lo sagrado. Y yo creo que todos tenéis experiencias de ruinas, de templos, de ermitas, de…; aunque en ellos no haya, hoy por hoy, una experiencia cultual, sin embargo sí que se observa una fuerza, una densidad, que hasta el más materialista es capaz de notarla. Yo tengo unos amigos, que no están muy lejos, que han creado también en espacios de este tipo y que pueden hablar de ello <!-- rialles -->.
En definitiva, el equilibrio entre ocultación y manifestación debe respetarse en cualquier dimensión humana y en cualquiera de sus actividades. En cualquier actividad,  ¡en cualquier dimensión humana! Tenemos ahora mismo todos la experiencia del Facebook (o casi todos, ¿no?). El Facebook también tiene que obedecer a la ley del logos: tiene que mostrar, pero sin desvelar; se convierte en un peligro cuando hace que las personas no conserven su intimidad. Esto es un ejemplo tonto, ¿no?, pero, en nuestra vida, vemos como necesario mantener un reducto de intimidad que está relacionado tanto con el espacio como con el tiempo. Cuando somos desposeídos de espacio íntimo, nos sentimos alienados. Cuando somos desposeídos del tiempo íntimo, también nos sentimos alienados; sentimos que nos han robado lo más propio.
Lo oculto, sobre todo, es lo sagrado y lo más manifiesto es lo divino. Y  entonces, nosotros ¿cómo debemos tratar con lo sagrado? María Zambrano habla de la piedad. Y dice que es

“(…) el saber tratar adecuadamente con lo otro.”

Esto pertenece a la tradición espiritual católica y cristiana, la noción (la virtud) de la piedad. Pero es una noción profundamente trasladable a la actividad artística: ¿quién es el buen artista? ¿quién es el buen creador? ¿quién es el buen poeta? ¿quién es el artista consagrado? El que vive la piedad: el que sabe tratar adecuadamente con lo otro. Tratar adecuadamente con lo otro: esto es lo que han de buscar, tanto la filosofía, como la poesía, como la religión. Y por eso estos tres ámbitos son oficios de piedad. O sea, que el piadoso no solamente ha de ser el creyente; piadoso ha de ser el filósofo, y piadoso ha de ser el poeta, y habéis de ser vosotros y vosotras, los artistas.
¿Qué es lo contrario de la piedad? Pues… María Zambrano dice que lo contrario de la piedad es lo que había intentado hacer la filosofía desde Aristóteles hasta Hegel: lo contrario de la piedad es intentar reducir a lo controlable lo sagrado. Aristóteles, con las categorías ‘sustancia’ y ‘sujeto de predicamento’; Descartes, con la idea de conciencia; Kant, también, con la humillación a la que somete a la metafísica (al mismo tiempo que somete a una humillación a la metafísica, exalta el fideísmo [la fe irracional]); Hegel, reduciéndolo todo a un método, el método dialéctico, donde todo está en todo y todo es perfectamente previsible, donde no hay espontaneidad, donde no hay libertad, donde todo es engranaje puro y duro, técnica… María Zambrano describe esto de la siguiente manera:

“Lo que iba quedándose fuera no eran cosas, sino nada menos que la realidad, oscura y múltiple. Al reducirse el conocimiento a la razón, entendida como pura inteligencia dominadora, se redujo también eso tan sagrado que es el contacto inicial del hombre con la realidad; una reducción a un modo único, que es el modo de la conciencia.”

¿Qué pasa? Que por mucho que lo intente el hombre, la realidad se rebela, con ‘b’ y con ‘v’ (sí, sí; aquí a un alumno, si me lo hubiese puesto con ‘b’, le hubiese puesto una nota excelente y, si me lo hubiese puesto con ‘v’, también; en este caso no se contempla la falta de ortografía). Se rebela, se levanta contra este uso… inquisitorial… de la razón y, al mismo tiempo, se manifiesta como lo que no es dominable.

“Hay algo en la vida humana,” continúa diciendo María Zambrano, “insobornable ante cualquier ensueño de la razón. Ese fondo último del humano vivir que se llaman entrañas, y que son la sede del padecer.”

“Insobornable”, “se llama «entrañas»” y es “la sede del padecer”. Bueno, pues desde aquí tenéis que crear: desde las entrañas, desde la sede del padecer. No sé si será como un parto (la expresión artística), pero a mí me parece que, en definitiva, puede ser una analogía buena: el parto, que conlleva unos sufrimientos, unas lágrimas; un poseer, pero no poseer; un ser lo mismo, pero ser distinto; una responsabilidad…
Por eso, el arte no puede ser didáctico, y mucho menos puede ofrecer una didáctica, o una enseñanza moral tal y como la que podemos encontrar en un libro… no, no; es algo muy distinto. El arte tiene que ver con la ética o con la moral, porque conlleva una responsabilidad muy seria en la labor de la creación, pero el arte no puede convertirse en un medio para enseñar ética.
Sí que hay una analogía; por ejemplo, entender estas pinturas vuestras requiere un aprendizaje costoso: enfrentarse con la abstracción requiere un aprendizaje costoso y un esfuerzo muy grande; por eso, la mayor parte de nuestros compañeros de sociedad, amigos, familiares (estoy pensando en mi tío Pedro) no entienden la abstracción. Tampoco tienen por qué entenderla, pero la rechazan. El aprendizaje moral es similar al acercamiento a la abstracción: también conlleva un sacrificio duro… Los que rechazan la moralidad, pienso que son como los que rechazan la abstracción. En definitiva, son gente que no quiere enfrentarse con lo que tiene delante.

¡Ya me he ido! Bien. El poeta creador. María Zambrano:

“Así como el filósofo, si alcanzara la unidad del ser,” dice, “sería una unidad absoluta, sin mezcla de multiplicidad alguna.” [aquí lo pone en un modo hipotético, condicional, como diciendo: “por mucho que se empeñe el filósofo en alcanzar la unidad del ser, no la va a encontrar”]. Continúa: “La unidad lograda del poeta [¡ah, el poeta logra la unidad!; vosotros, los creadores, lográis la unidad] en el poema es siempre incompleta.”

Y el poeta lo sabe, y ahí está su humildad. Encontráis la unidad en vuestras obras de arte, pero no la encontráis completa; y por eso debéis ser humildes. Vuestra humildad es conformaros con la frágil unidad que habéis logrado expresar. Y ¿desde dónde se encuentra esa frágil unidad lograda? María Zambrano es muy plástica y dice lo siguiente:

“Si Dios creó de la nada, el hombre sólo crea desde su infierno, nuestra vida indestructible.”

Creamos desde el infierno, pero ese infierno que es nuestra vida indestructible, nuestra vida indestructible e indominable; no podemos dominarla. Entonces, desde esa experiencia de buscar la unidad y no lograrla, de ese descontento que es la vida, es desde ahí desde donde el poeta, el pintor, el escultor, el músico… crea.

“De su vida agotada, saldrá un día”, continúa diciendo, “la claridad que no muere, para, invisible casi, confundido con la luz, volver quizá a decir a nuestro amor resucitado: «noli me tangere».”

Esto es tremendo, ¿eh? ¿Recordáis la escena del noli me tangere?: Jesucristo resucitado (es una escena del Evangelio), que se encuentra con María Magdalena. María Magdalena, el icono de nosotros (María Magdalena nos representa), se encuentra con su Maestro, con su rabí, con su raboni, y va a tocarlo; ¡se ha encontrado con su amor resucitado, con la unidad ya lograda! Y ¿qué le dice el bueno de Jesús? “Noli me tangere”: “no me toques”, “no me cojas”, “déjame ir”. Probablemente eso os pase también con vuestra expresión artística: que cuando penséis que estáis ya para acabarla, para redondearla, para cerrarla… esa intensidad de lo vivido que experimentéis como vida profunda, como vida ilimitada, vuestro amor verdadero, os diga: “no me toques: me tengo que ir; sigue buscando”. Bien, ahí está la humildad del artista.

Hay que hablar de la inspiración, ¿no? Y hablando de la inspiración iré terminando, porque… ¿Hay inspiración o no hay inspiración? Los filósofos dedicados a la investigación sobre la obra de arte, los que ejercitan esa disciplina filosófica que ha sido llamada, más o menos felizmente, Estética (“¿qué estudias?” “–Estética”, y se piensan  que vas a abrir una peluquería), siempre han visto la inspiración como un reconocimiento, como reconocer algo. Para Platón, lo que se reconocía era la Idea: una experiencia anterior, primaria, un recuerdo del alma, algo que nos provocaba o que provoca en el hombre algo que no se sabe si es delirio, si es entusiasmo, una experiencia de lo divino…
Aristóteles , en su Poética, habla del reconocimiento de un modelo (un modelo que ya no está en el mundo de las Ideas, sino que es el mismo obrar humano, la praxis, la vida vivida moralmente) y que se copia, no como entendieron los artistas manieristas (el modelo), sino con mucha creatividad, según unas leyes internas. La vida (y lo que se reconoce en la obra de arte) es lo que puedes llegar a ser o aquello en lo que puedes convertirte, y por eso el arte tiene una función catártica, que te purifica.
Kant, en una estética totalmente distinta, habla del reconocimiento de la subjetividad: uno, en su expresión artística, ya sea de lo bello o de lo sublime, lo que reconoce es su propia subjetividad en alegría, dando botes de alegría, podríamos decir.
Si María Zambrano tuviese que decir qué reconoce el artista en su obra de arte, cuál es la inspiración, diría que lo que reconoce es un estado doliente, un estado de dolor, un estado de querer ser y no lograrlo… Pero bueno, ella lo dice así:

“La inspiración es un saber que pone de relieve la angustia del mundo de lo otro.”

En el fondo, lo que queremos hacer es volver a esa placenta de donde hemos salido. Lo sagrado es “esa placenta donde se alimenta cada especie de alma aun sin saberlo”. Pues la inspiración es el deseo de vover a lo sagrado y no lograrlo. Porque lo sagrado, la vida, el amor, es ése que te está diciendo “que no me agarres”, “noli me tangere”.
“La angustia”: ella habla de una angustia de la discontinuidad, angustia de los múltiples instantes separados entre sí por abismos de vacío y de silencio… Estos abismos solamente…
Recuerdo ahora el abismo infranqueable entre el mundo de la naturaleza y el mundo de la libertad, abierto entre las dos primeras Críticas de Kant, la Crítica de la razón pura y la Crítica de la razón práctica; el problema de Kant es que no sabe cómo conjugarlos. Él mismo dice en el prólogo de la Crítica del juicio:

“Un abismo infranqueable se ha abierto entre lo que podemos conocer y la libertad.”

María Zambrano reconoce que este abismo existe, pero aporta una solución. Su solución es la razón poética. En El hombre y lo divino lo dice así:

“No es extraño que los filósofos llamados ‘pitagóricos’, que parecen ser los intermediarios entre la inspiración y el saber filosófico, hayan descubierto el ritmo, el número y la música, porque ritmo, número y música son el tránsito de ese mundo de lo otro al tiempo, en que el hombre va a conocer, a vivir, en una cierta continuidad.”

En el fondo, el paradigma de cualquier arte, y de cualquier experiencia de sentido, es un paradigma musical y no tanto espacial. Al final, el espacio es dominado (por lo menos, los pequeños espacios que tenemos, incluso el papel). Para María Zambrano… ella no lo afirma, pero yo creo no traicionarla si digo que la más elevada de las bellas artes es la música, y que si habla de la poesía es porque la poesía es el rastro de la música, es medida (la poesía que nace para cantarse y que expresa un ritmo). Pensemos en las tragedias de los griegos, en esos cultos en honor a Dionisos…
En definitiva, el paradigma espacial es un paradigma arquitectónico que va cerrando espacios y que deja mucho fuera. Sin embargo, el paradigma musical (que puede ser observado no solamente por los músicos, sino por cualquier artista, pero también por los filósofos y por los teólogos) es un paradigma en el que el sentido se traslada no sólo por el espacio, sino por el tiempo, creándose una cadena de sentido y una cadena que no solamente tiene una capa (no solamente es una línea), sino a la que se le va añadiendo un dúo, un contracanto, un cantus firmus, cuatro voces, seis voces… de tal modo que siempre puede ir enriqueciéndose. Ésa puede ser la labor del artista y la labor del que observa la obra de arte. Y, en ese sentido, el que participa de la obra de arte como observador también obtiene sentido de la obra de arte y también pone sentido en la obra de arte, añadiendo su propia voz.

Música, música, música. Voy a terminar… y voy a terminar diciendo que el poeta, (vosotros, con vuestra humilde pretensión de una unidad incompleta), logra padecer la realidad, sintiéndose injertado en la corriente vital que ésta representa. El poeta se sitúa en el puesto que le corresponde, porque tiene su mirada orientada hacia algo. Por eso es capaz de ofrecer sentido. Así como el filósofo que desprecia la poesía y la religión lo único que logra es apatía, desencanto, el poeta y creador logra padecimientos, pero padecimientos que nunca se terminan, padecimientos que llevan consigo esperanza, padecimientos que llevan consigo entusiasmo y ánimo por seguir. El poeta es el que padece, desde lo que ha recibido, que es la experiencia de lo sagrado, aquello que va construyendo y que sabe que nunca será definitivo.

En las dos ediciones de El hombre y lo divino (la primera, de 1955, y la segunda, de 1973), María Zambrano comienza con una cita de Plotino, un filósofo neoplatónico. Perdón, no una cita de Plotino, sino una cita de la vida de Plotino escrita por Porfirio, y que constituye una verdadera declaración de intenciones, y que es la siguiente:

“Dijo Plotino al morir: «Estoy tratando de reconducir lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el universo».”

Pues bien, en este camino de reconducción se inscribe el planteamiento de María Zambrano y el de un poeta o creador como cualquiera de ustedes. Esto era lo que quería compartir esta tarde.

<!-- aplaudiments -->

No sé si me queda mucho tiempo, pero alguna pregunta podría responder; o liar más.

“–¿Por qué todo el proceso creativo parte de la idea del padecimiento?”

Porque el ser humano (María Zambrano es una profunda católica –esto no podemos olvidarlo) siente una nostalgia de algo que tiene dentro de sí y que no alcanzará más que con la muerte. Con la muerte de sí mismo, con el ir muriendo poco a poco, y con la muerte que se abre como una puerta, como una experiencia dolorosa al final de la vida terrena. En ese sentido, todo es sufrimiento: es el sufrimiento del que ve lo que está llamado a ser y lo descubre como bello, como deseable, como verdadero… y, sin embargo, en su vida, sabe que no lo está consiguiendo, que por mucho que se empeñe (…)

<!-- final del segon vídeo -->

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NOTA: Pot referir-se a MORENO SANZ, JESÚS (ed.): La razón en la sombra. Antología de textos de María Zambrano. Editorial Siruela. Madrid, 1993.



 





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